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02 December 2009 @ 03:14 pm
reto peligro - dotacion anual crack  
Título: "Fiesta en Café Duro"
Autor: Briece
Fandom: Merry Gentry.
Personajes: Sage. Insinuación leve de Sage/Rhys.
Reto: Peligro.
Rating: PG
Extensión: 720 palabras aprox.
Advertencia: Hasta MG2. Humor negro/crack.

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Disclaimer: Merry Gentry Serie y personajes (c) Laurell K. Hamilton.
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Esto es ridículo, pensé por cuarta o quinta vez esa noche. Como si no bastara con la cara poco disimulada de decepción que puso la clienta al verme aparecer a mi, y no a Rhys, y después tener que pasearme para que me exhiba delante de todos sus amigos y enemigos como un juguete en este ridículo festejo en este lugar del café duro, escuchando a cientos de desconocidos embriagándose y hablar de nada más que tonterías. Casi me dan ganas de estar en una fiesta en la corte para escaparme de esto y de tanto acero.

Casi.

Pero, no, mis instintos de conservación aun siguen funcionándome perfectamente. Me enjuago una imaginaria gota de sudor de mi frente al recordar a mis dos ‘soberanas’.

Por eso es que estoy aquí, cumpliendo un ‘turno’, como el resto.

Aunque si tengo que escuchar una vez más 'Que la Fuerza este conmigo' o como fuera, juro que soy hasta capaz de pedirle un favor a la reina Niciven para que su corte se deje caer sobre estos odiosos mortales. Palabra de semi-duende.

La Diosa sabe que un guerrero de la corte de Niciven vale lo mismo que uno de los Cuervos de la Reina. Al menos sé que soy apetecido por una reina... y una diosa cinemato-no-se-qué... y hasta por un cierto dios de la muerte, aunque no quiera reconocerlo.

Mismo condenado tuerto que me tiene acá esta noche, me recordé, mientras me apartaba del camino de una manada de estúpidos disfrazados que comentaban de mis alas.

Parecía que Merry se estaba desquitando conmigo aun por el asunto de su caballero verde, porque ¿alguien me explica que mierda esta haciendo un duende en una convención/evento/fiesta de caridad con el tema de la ciencia-ficción?

—Así que… eres un duende —me dice una criatura mascando cierta sustancia gomosa y haciendo mover las mandíbulas con brío lo que le brinda una apariencia bovina a pesar de las rodajas de pelo enrollados a ambos lados de la cabeza. Oh, Consorte, ¿por qué a mí?

Ni siquiera la miro, sino que trato de mantener la vista fija sobre mi encargo, una mujer humana de treinta y tantos años vestida con un trajecito ajustado -por el que se desborda- consistente en pantaloncillos cortos azules con estrellas, un corpiño rojo y dorado y una especie de tiara en la cabeza. Me pregunto ociosamente a quien creerá estar representando. Antiguamente este tipo de personificación terminaba con el mortal sacrificado por favores. Ah, que buenos tiempos aquellos. La remembranza convoca una sonrisa a mis labios.

Siento que algo –una mano- manosea mis alas. Esto me indigna, ¿es que los mortales no sienten respeto por nada? Me aparto de un tirón que esta a punto de desgarrarme el ala izquierda y con un gruñido de furia empiezo a echar mano a mi espada, pero recuerdo apenas a tiempo la advertencia de Doyle de no causar problemas en la fiesta o me las vería con él. Apuesto a que nadie le ha llamado Campanita a la cara al hijo-de-perra.

Mi movimiento brusco ha ocasionado que un hombre vestido con una camisa celeste y unas falsas orejas puntiagudas se haga a un lado tropezando con su acompañante, derramando ambos sus bebidas en el suelo; termino derrapando un poco sobre esto, aunque hubiera podido recobrar el equilibrio sin problemas… de no ser porque me termino enredando con el condenado lazo que ha dejado caer boquiabierta mi custodiada. Ella se cae de espaldas aleteando y yo casi me río en su cara. Sin embargo, ahora estoy claro que la Diosa esta enojada conmigo, porque la mujer se va contra un exhibidor que sujetaba una enorme bola oscura casi del tamaño de un automóvil.

Hay un jadeo de incredulidad, expectación, preocupación y muchas cosas más en el aire mientras la esfera se balancea una vez sobre la multitud y luego ¡paf! Cae.

Sobre mí.

Si este juguete magnificado hubiera sido de plástico no me hubiera causado problemas, pero el hierro de unas puntas que salen de esta especie de bola semi terminada me han atravesado los pulmones, y siento que burbujas de sangre suben hacia mi boca. Y mientras todo a mi alrededor va perdiendo color y sabor, discierno entre los chillidos de la gente algo que me explica mi destino.

La estrella de la muerte, en efecto.